Hace un mes aterricé en Ciudad de México con una misión bien concreta: atender a clientes locales y conectar con el equipo regional de la empresa. En la práctica, ha sido mucho más que eso. Ha sido subirme a una montaña rusa profesional donde cada reunión mezcla negocio, cultura y tecnología.
¿Quién lo hubiese pensado? Hace solo un año mi calendario estaba lleno de cierres contables o informes financieros. Hoy mi día transcurre en una empresa de IA, diseñando flujos que automatizan el ciclo de venta.
Tengo clientes que pasaban dos horas diarias pegados al celular respondiendo siempre las mismas preguntas. Hoy gran parte de esas interacciones las gestiona un asistente de IA, lo que hace que puedan invertir en mejorar el servicio, capacitar equipos o, simplemente, llegar más temprano a la casa a cenar con la familia.
No es solo eficiencia; es calidad de vida. Y me enorgullece ver cómo, con pequeños cambios tecnológicos, logramos impactos muy humanos.
Al llegar a México me llevé una sorpresa: el diagnóstico era muy similar al de Chile. Mucho esfuerzo comercial, mucha dependencia del WhatsApp del dueño o de la persona “clave”, y pocos procesos realmente diseñados para escalar. La oportunidad está en entrar al núcleo del negocio, no solo “poner un bot”. Es acompañar a las empresas a dar un salto de operación artesanal a operación orquestada.
Ahí es donde el rol se vuelve más consultivo. Antes de hablar de automatización, toca hacer las preguntas incómodas: “¿Quién es realmente tu cliente ideal?”, “¿En qué parte del funnel se está perdiendo la mayoría de las oportunidades?”, “¿Qué información necesitas sí o sí para poder vender?”.
Cuando esas respuestas están claras, recién ahí tiene sentido armar un proceso de venta automatizado: captación, calificación, agendamiento, seguimiento y, ojalá, cierre.
La tecnología es la capa visible, pero el valor está en entender la operación y diseñar una experiencia que haga sentido para el negocio y para las personas que la viven todos los días.
Para mí, este cambio de carrera ha sido pasar de “contar la historia que los números ya traían escrita”, a “ayudar a escribir la historia que los negocios quieren vivir”. Y ver cómo equipos completos empiezan a recuperar horas y claridad comercial es una de las partes más satisfactorias de mi trabajo.
Si algo me ha dejado este primer mes en México es la certeza de que la próxima ventaja competitiva no será solo tener datos o canales digitales, sino la capacidad de orquestar todo eso en procesos inteligentes que trabajen para las personas, y no al revés. Ser parte de esa transición, desde dentro, es algo de lo que me siento profundamente orgulloso.
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